• Mariona Fernández

Tiempo


Queridas gentes isladas, islables y ahora mismo aisladas: os escribo desde esta pequeña isla donde el silencio habitual se ha quedado solo. Os escribo desde una casa también pequeña rodeada, eso sí, de inmenso cielo. Un cielo que nos une y que sin embargo habla de lejanías.


Estoy acostumbrada a la reclusión y al silencio. Echo en falta el mar. Como nunca antes. Tan cercano, tan prohibido, tan solo. No es grave, el mar no me echa de menos a mí, ni a nadie.


Ahora mismo aquí sólo habla el reloj rojo colgado en la pared de esta cocina, comedor, estudio, salón, el reloj de este bendito espacio, todoenuno. En cuanto crucemos las dos, el sol nos inundará (nos significa al espacio y a mí, que estoy en él).

Los segundos sonoros, el tiempo que pauta el reloj, cobra una dimensión extraña: por un lado dice que el tiempo pasa, que esto pasará, como dicen. Por otro lado, este tic-tac parece no responder a nada. De hecho este artificio nuestro, el de convertir el tiempo en espacio para poder medirlo, parece que ha perdido vigencia. El tiempo, como siempre, habla en el silencio, en las esperas, en el vacío, en la falta de acción y hoy, como nunca hacemos, podemos escucharlo, verlo como al fantasma que tememos y que siempre está en nosotros, verlo y saber que nosotros somos tiempo, breve, y que como tal podemos mirarnos a los ojos y dejar de distraernos tanto.


Si salgo fuera el reloj desaparece y son los gorriones, los petirrojos y los mirlos, quienes dan el día el ritmo, un ritmo primordial, el de los ciclos -dicen que es primavera-. El silencio parece que se genera en la copa de los árboles. Como si fueran chimeneas de silencio que va ocupando los campos, los tejados, el horizonte, los caminos olvidados.


Desde esta isla pequeña, desde esta casa también pequeña, desde este cielo inmenso, a los que somos afortunados nos invito (también me invito yo, si me lo permiten) a dejarnos arrastrar por esta tregua hasta que demos con lo importante. Y creo que vamos a coincidir, que llegaremos al mismo sitio. Desde allí, desde ese lugar futuro, desconocido, estoy segura que volveremos a encontrarnos alrededor de una mesa islada (no aislada), porqué más que nunca sabremos que compartir mesa, conocimiento, vino, amigos nuevos y autoras tan sabias, es un privilegio que no podemos desatender. Antes de la tregua ya sabíamos que nuestras mesas eran uno de esos lugares importantes a los que hay que llegar de vez en cuando y dejar que la vida nos cambie, que nos arrastre con ella, que nos lleve en volandas a los jardines dorados, llenos de misterio, de palabras nuevas, nunca dichas, de luz y sobretodo de tiempo, de este tiempo que somos, querida gente islada, islable y hoy, aislada.




  • Black Facebook Icon
  • Black Instagram Icon
  • Icono negro Flickr

Copyright © 2019 Talleres Islados - Todos los derechos reservados