ÇO VAL UN DURO
- Mariona Fernández

- hace 7 días
- 3 min de lectura

El pasado domingo, fui con Paloma a nadar a un rincón maravilloso que yo no conocÍa. De vuelta me dejó en el cruce de caminos de más arriba, donde están los contenedores, y ella siguió hasta Sant Lluís. Bajaba hacia casa cuando delante de mí vi la frecuente e inconfundible figura de Maruja en su paseo diario con su andador. Había subido a tirar la basura. Llevaba un vestidito beige sin apenas carne que le diera forma y una pamela muy bonita. Sus atuendos son diversos, a veces sorprendentes, y un prejuicio infantil me hizo pensar, recién mudada a este barrio, que era extranjera. Por exótica, por vieja y exótica y por un armario vintage que da envidia. Con frecuencia, cuando nos hemos parado a charlar durante estos años, me ha hecho entender mientras hacía bailar la mano libre de un modo extraño y cómico ante sus ojos pícaros, que ella era «tu ya me entiendes», que «yo siempre he hecho lo que he querido». Y yo la entendía, claro que sí.
Bueno, la cosa es que el domingo pasado cuando la veía andar delante de mí le hice una foto, pensé que le gustaría verse de paseo por este barrio que la ve a diario, aferrada a su voluntad de salir y andar sus noventa y seis años. Cuando la alcancé avanzamos un poco, hasta la sombra de un gran ficus. Yo no tenía prisa y empezamos a hablar. Que si su marido murió el año de las máscaras, en diciembre; que si ellos -que no sé quienes son- le dicen que debe contratar a alguien para no estar tan sola; que si a ella le gusta estar sola; que si Pili ya va dos días y no puede ir más; porque si fuera Pili, sí que dejaría que fuera con más frecuencia. Le pregunto y me responde que sí, que tiene ese botón para llamar si le pasa algo. De todos modos, te dejaré en el buzón mi número de teléfono, le digo. Es que si te pasa algo por el camino alguien te encontrará, pero si te caes en casa no se enterará nadie. Creo que me oía como quien (antes) oía llover. Ahora, me dijo, sola ya no puedo entrar en la piscina. Y después me invitó a irme que ella iba más despacio. Le hice caso, y cuando estaba unos metros más adelante, me grita:
—Çò val un duro! Aquesta xerradeta.
El martes a primera hora, paseando a Freddie, Anita, otra vecina me dijo que Maruja se había caído. Que se había caído el domingo, delante de casa de Pere, nada, a diez metros de donde habíamos estado hablando. Seguramente me veía avnazar hacia mi casa, ya un poco lejos. La ambulancia, me han dicho , llegó antes de las once. La maria una v ecina más joven la vio y llamó enseguida. Se ve que sacaron una sombrilla para que no le diera el sol.
El miércoles a primera hora, paseando a Freddie, Pere, primero y Anita después, me dijeron que Maruja había muerto. Que desde que se cayó ya no conoció a nadie.
Me doy cuenta de que fueron sus últimas palabras, y de que las dijo - y me las dijo- con una voz fuerte y clara.
—Ço val un duro!
Me parece que la charla a que se refería no era la del domingo. La charla debe de ser la vida y eso es lo que Maruja nos deja dicho, tú ya me entiendes.
Descansa en paz, Maruja.




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